Lluvia de oro
Lluvia de oro Dick Gale lanzó un profundo suspiro. El letargo, la fría indiferencia que habían pesado sobre él, como losas de plomo durante los últimos meses, se habían disipado. No pudo, de momento, articular palabra, pero tendió la mano, estrechando fuertemente la de su amigo.
El semblante de Thorne sufrió un prodigioso cambio: desapareció su expresión de angustiosa súplica, trocándose en una sonrisa de apasionada gratitud.
Mirando casi inconscientemente por encima del hombro de su amigo, Dick percibió a través del cristal de una de las ventanas un rostro audaz, sarcástico, de facciones malignas y ojos negros y chispeantes, que los contemplaba siniestramente atentos.
Se irguió en su silla, y Thorne siguiendo la dirección de su mirada, murmuró, apretando instintivamente los puños, fijos los ojos en la odiosa aparición:
—¡Rojas!