Lluvia de oro

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II

El sombrío rostro desapareció; Dick Gale oyó ruido de pasos y el resonar de espuelas. Se abalanzó hacia la ventana a tiempo de poder observar la entrada del mejicano por la puerta del salón-bar. Fue una rápida ojeada, suficiente para distinguir un amplio sombrero negro rodeado de chillona banda, el dorso de una chaqueta corta y muy ceñida, una pesada pistola con cachas de madreperla en su pistolera, ribeteada de flecos de cuero, y unos pantalones muy ajustados, acampanados en su parte inferior. Diversos transeúntes poblaban la calle y, junto a la puerta del hotel, un grupo de mejicanos discurría ocioso.

—¿Le viste? ¿Dónde ha ido? —murmuró Thorne reuniéndose con Gale—. Ésos de ahí fuera, esos mejicanos con las cartucheras cruzadas sobre el pecho, son rebeldes.

—Creo que ha entrado en el bar —replicó Dick—. Llevaba armas, pero, si no me equivoco, los que tú dices no van armados.

—¡No lo creas! ¡Mira, Dick, mira! Ese individuo está de guardia, por mucho que pretenda aparentar indiferencia. Fíjate que lleva una carabina corta mal disimulada entre el poncho…; y más abajo, allí, en la acera, hay otro. Mucho me temo que Rojas haya hecho cercar la casa.

—¡Si al menos lo supiéramos de cierto!


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