Lluvia de oro

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—Estoy seguro, Dick. Crucemos el vestíbulo. Quiero ver qué pasa al otro lado.

Gale siguió a Thorne, saliendo del restaurante al pasillo que dividía el hotel, desembocando por un extremo a la calle y por el otro a un patio. Algunas lámparas difundían escasa claridad. Un mejicano envuelto en su manta se apoyaba en el quicio de la puerta; en el patio se oía el taconeo de botas sobre el empedrado. Thorne entró en una habitación peor iluminada aún que el vestíbulo, en la que se veía una mesa cubierta de papeles, algunas sillas de alto respaldo y un par de divanes; parecía ser un gabinete.

—Aquí nos reunimos Mercedes y yo habitualmente —dijo—. Cuando llega esta hora, se asoma de vez en cuando al rellano de la escalera y, si me ve, baja. Como es frecuente que haya alguien en el aposento, salimos a la plaza, que da a la parte más oscura de la casa, que es por donde tendré que llevármela, si hay alguna probabilidad de intentarlo.

Se asomaron a la ventana. A primera vista, la lóbrega plaza parecía estar desierta, pero Gale, al acostumbrar sus ojos a la oscuridad, pudo distinguir un bulto negro que paseaba lentamente por una de las aceras, y, más allá, otro similar. No se requería especial penetración para atribuir a aquellas formas una misión de furtiva vigilancia.


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