Lluvia de oro

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Cogiendo por un brazo a su amigo, Thorne le apartó de la ventana.

—¡Ya lo ves! —murmuró—. ¡Lo que yo temía! ¡Rojas ha cercado el edificio…! ¡Debí llevarme antes a Mercedes! ¡Pero no tuve tiempo…! ¡Ni ocasión…! ¡Estoy atado de pies y manos…! ¡Viene Mercedes! ¡Dios mío, Dick…, piensa…! ¡Piensa si hay forma humana de sacarla de este atolladero…!

Gale se volvió al ver a su amigo cruzar la habitación. A la escasa luz de la escalera se veía la silueta de la esbelta figura de una mujer tapada. Al ver a Thorne, echó a correr y cayó en sus brazos. En voz baja, temblorosa, apremiante, le habló en una mezcla incoherente de español e inglés, que para Gale fue suave, profunda e indeciblemente tierna; una voz preñada de alegría, temor, pasión, esperanza y amor que le causó inexplicable efecto; se sintió estremecido, maravillado.

Thorne llevó a la muchacha al centro del aposento, donde se encontraba su amigo. La joven había levantado con una mano la mantilla de encaje que le cubría la cabeza, y Dick pudo percibir un rostro de un ovalado correcto, facciones perfectas y un cutis cuya marfileña blancura hacía resaltar aún más los magníficos ojos negros.

—Mercedes —dijo Thorne—, éste es Dick Gale, un antiguo amigo mío, el mejor que tengo.


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