Lluvia de oro
Lluvia de oro Ella acabó de quitarse la mantilla, poniendo al descubierto por completo su espléndida y altiva belleza, una belleza cuyo fuego e intensidad impresionaron hondamente a Gale.
—¡Señor Gale…! ¡Ah! ¡No sé cómo expresar mi dicha…! ¡Un amigo de Jorge!
—SÃ, Mercedes, un amigo mÃo, y desde ahora tuyo —dijo Thorne hablando muy de prisa—. Nos será muy útil. Querida mÃa, las noticias son malas y apremia demasiado el tiempo para pretender ocultártelas. El sacerdote no ha venido. Deben de haberle apresado…, y aún hay más…, escucha y ten valor:
—¡Querida Mercedes! ¡Rojas está aquÃ!
Lanzó un grito inarticulado —cuya nota de infinito terror estremeció a Gale—, tambaleándose como si estuviera a punto de perder el sentido.
Thorne la sostuvo en sus brazos y, con voz que la emoción oscurecÃa, procuró reconfortarla.
—¡Amada mÃa! ¡Por amor de Dios, ten valor…! ¡No pierdas la serenidad! Aún nos queda una esperanza…, encontraremos algún plan…, ten valor…, valor para luchar…