Lluvia de oro
Lluvia de oro —Madre —empezó. Dick Gale la llamaba asÃ, como también Ladd y Lash, pero él era la primera vez que se permitÃa hacerlo—. Madre, quiero hablar con usted.
El sobresalto que le causaron las palabras de Dick se manifestó únicamente en el cambio de expresión de su mirada.
—Amo a Nell —prosiguió sencillamente el joven— y quisiera que usted me autorizase a solicitarla por esposa.
La señora Belding palideció intensamente. Gale, creyendo, sorprendido y alarmado, que iba a perder el sentido, se abalanzó, cogiéndola por un brazo.
—Dispense…, acaso fui demasiado brusco…, pero… supuse que usted ya sabÃa…
—Hace tiempo que lo sé —replicó la señora, con voz segura—. Entonces…, ¿no ha dicho nada a Nell? Dick se echó a reÃr.
—Lo he intentado, pero hasta ahora no me ha sido posible, aunque creo que lo sabe. Hay muchas maneras de decir las cosas. Y Mercedes debe de haberle hablado… Casi creo que Nell se interesa un poco…
—También lo sé hace tiempo —dijo la señora Belding, en voz baja.
—¡Lo sabe! —gritó Dick enrojeciendo.