Lluvia de oro
Lluvia de oro Las relaciones entre ésta y el joven habían sufrido una sutil e indefinible modificación. Dick, en la actualidad, la comprendía menos aún que en los primeros tiempos de su antagonismo. A ser posible hubiera dicho que, perdurando la hostilidad, parecía ceder a determinada influencia, tal vez afecto hacia él, aunque, por otro lado, no estaba ni con mucho seguro de ese afecto, creyendo más bien que la señora Belding le temía o temía algo que él representaba.
Había mantenido su personal cortejo, leal y abiertamente, dentro de límites discretos. A Dick le parecía que se dejaba sentir menos la tácita oposición de la madre. Gale tenía en gran aprecio a la señora Belding, nervio y sostén moral no solamente de su hogar, sino del de todos los habitantes de Río Forlorn. Indios, mejicanos, americanos, todos eran iguales para ella si sufrían física o moralmente. Entonces era médico, pacificador, enfermera, ayuda. Era noble y buena, intensa, profunda; anhelando la felicidad y el bienestar ajeno, estaba dominada por una adoración hacia su hija tan sorprendente como patética. Sonreía rara vez y no reía jamás. En su mirada había siempre un algo tierno, triste, una expresión de inexplicable dolor. Gale se preguntaba si amargaba su vida alguna tragedia mayor que la supuesta pérdida de su padre en el desierto.
La señora Belding oyó los pasos de Dick al entrar y, levantando la vista, le saludó.