Lluvia de oro

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Dick, por su parte, sentíase también a punto de rebelarse. La inacción forzada a que Belding, con su deseo de tener a los batidores a mano, le sometía, dio al traste con sus propósitos de mantenerse a cierta distancia de Nell. Estaba casi seguro de que la joven le amaba, pero no encontraba ocasión propicia de comprobar su sospecha. Si en algún momento la sorprendía a solas, desaparecía como una sombra, era rauda como un relámpago y misteriosa como un yaqui. Si conseguía hacerse el encontradizo en un predio o en el patio, le eludía, dejándole con el dulce recuerdo de unos ojos azules apenas vislumbrados, pero que eran precisamente lo que más esperanza te infundía. En otras ocasiones en qué le hubiera sido posible hablar, Nell no se apartaba de Mercedes. Hacía tiempo que Dick había conseguido sumar a su causa las simpatías de la española, pero, a pesar de ello, Nell conseguía zafarse de las acometidas de ambos.

Gale, ponderando una idea que desde antiguo bullía en su cerebro, resolvía súbitamente ponerla en práctica marchando en busca de la señora Belding.





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