Lluvia de oro
Lluvia de oro Jamás tuvo hombre alguno persona que defendiera su causa con mayor elocuencia que Mercedes Castañeda la de Dick Gale.
Era mediodía y en el patio el bochorno aún resultaba intolerable. Oíanse únicamente el zumbido de las abejas sobre las flores y el suave murmullo de la melodiosa voz de la española. Nell, tendida en su hamaca, con las manos cruzadas en la nuca, arrebolado el rostro y picaresca la mirada, parecía estar en franca rebeldía.
Para Dick, observando el cuadro por entre las ramas del palo-verde que daba sombra a su aposento, era evidente que, por fin, la joven recuperaba la personalidad que durante algún tiempo había permanecido oculta y subyugada, y que la vehemencia de Mercedes no surtía el efecto que hubiera debido surtir.
