Lluvia de oro
Lluvia de oro Retrocedió unos pasos, en el momento en que Nell abrÃa los ojos, velados aún por el sueño, sorprendida al verle. En un instante despertó por completo, confusa e incierta.
—¿Es usted? —pregunto lentamente.
—Yo mismo, de tamaño natural —contestó Dick con forzado alborozo.
—¿Desde cuándo está aqu�
—Hace menos de medio segundo que estoy en este sitio —contestó Dick audaz y equÃvocamente.
Ella le miraba sintiendo que un vivo carmÃn teñÃa sus mejillas, reacia a creer lo que oÃa.
—¿Es absolutamente cierto lo que dice?
—¡Naturalmente! —contesto Gale, contento al poderlo afirmar sin mentir.
—Entonces, debÃa de estar soñando —dijo más tranquilizada.
—SÃ; parecÃa, en efecto, que soñaba algo agradable —replico Dick—. Lamento haberla despertado, y no acierto a explicarme cómo ha sido, porque yo no hice ruido alguno. Mercedes aún duerme. Dejaré a ustedes continuar su siesta y… sus sueños.
Pero no se movió; Nell le miraba curiosamente.
—Hace un dÃa espléndido, ¿verdad? —pregunto Dick.
—Muy caluroso.