Lluvia de oro
Lluvia de oro —¡Oh! Según dice usted misma, los hay mucho peores.
—Ayer fue más agradable.
—Ayer…, ayer era… ayer… ¡Un dÃa sin importancia!
Los azules ojos de Nell se abrieron un poco más. No sabÃa cómo interpretar las palabras de Dick. Éste lo noto y se esforzó en aumentar su confusión.
—¿Por qué sin importancia? ¿Acaso hoy la tiene mayor? Parece usted extraordinariamente satisfecho.
—Y lo estoy. Adiós. Le deseo los mejores sueños.
Dio media vuelta y abandono el patio en dirección a la plazoleta. Nell tenÃa sueño; cuando se durmiese de nuevo, volverÃa. Paseo por la plaza; Belding y los batidores estaban herrando un potro. El yaqui cuidaba de los caballos en un predio. Blanco Sol pacÃa plácidamente levantando de vez en cuando la cabeza. Al ver a su amo relincho saludándole. A poco, como atraÃdo por un imán, Dick volvió sus pasos calladamente al patio.