Lluvia de oro
Lluvia de oro Le bastó una mirada para comprender que Nell fingía estar dormida. El carmín de sus mejillas se había desvanecido. Dick se arrodillo, inclinándose sobre ella. Aunque su corazón latía con violencia y la sangre corría por sus venas como torrente de fuego, procuro obrar con deliberación. Estaba ansioso por saber si la joven mantendría la ficción del sueño dejando que la besara. Debió de sentir su aliento, porque el dorado cabello que caía sobre su frente se agito a su impulso. Había palidecido intensamente. Su respiración se aceleraba. Dick se acerco a su rostro, pero debió de proceder con excesiva lentitud porque, al reducir aún más la distancia, Nell abrió los ojos y, con un grito de pájaro asustado, se puso en pie, huyendo.