Lluvia de oro
Lluvia de oro —No pensaba en Sol —replico Gale.
Ladd le miro vivamente, castañeteo los dedos y dijo:
—¡Qué me maten si no lo adivino!
—¿Qué diantre os pasa a los dos? —pregunto bruscamente Belding.
—Nell es quien se ha llevado a Sol —contesto Dick.
Hubo un silencio, que rompió Belding.
—Entonces aquà no ha pasado nada. Mi temor era que lo hubieran robado.
—Belding, no entiendes nada —dijo Ladd sacudiendo la cabeza.
—¡Nell está camino de Casita! —estallo Gale—. Ha ido para traer a Mercedes noticias de Thorne. ¡Oh, Belding! No menees la cabeza. Estoy seguro de lo que digo. Intento persuadirme para que fuera yo y se puso hecha una furia cuando me negué a ello.
—No lo creo —replico roncamente Belding—. Nell podrá tener su genio. A veces es un diablillo, pero tiene sentido común siempre.
—Tom, no lo dudes; ha ido —dijo Ladd.
—¡No, no y no! ¿Qué dices tú, Jim? —repuso Belding.
—Opino que la cabezota de Sol está enfilada a Casita. Y que Nell es gente a caballo… y ¡qué estamos perdiendo el tiempo!