Lluvia de oro

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Una media hora después, al salir Gale de su aposento, vio al yaqui corriendo por la vereda, en los predios. Era algo extraordinario ver correr al indio, y Gale se preguntó que podría ocurrir. El yaqui fue en derechura hacia Belding, que trabajaba junto al cobertizo de las cocheras.

Un minuto después este llamaba a gritos a sus batidores. Gale llego el primero, seguido de cerca por Ladd y Lash.

—¡Falta Blanco Sol! —exclamo iracundo.

—¿Falta? ¿En pleno día y con el indio cerca? —dijo Ladd con asombro.

—Debió ser mientras el yaqui almorzaba. Lo acababa de abrevar.

—¡Raiders! —exclamo Jim Lash.

—¡Dios sabe! El yaqui dice que no.

—Quizás es una simple escapada de Sol.

—Estaba estacado en el corral.

—Envía al yaqui a seguir huellas y veremos —dijo Ladd—. A mi juicio, no es cosa de raiders.

Gale no sabía que opinar, pero in mente iba llegando a determinada conclusión que, al echar de menos su silla y su brida, se vio plenamente confirmada, dejándole mudo, Helado y con la muerte en el alma.

—¡Eh! ¡Dick! ¡No lo tomes tan a pechos! —dijo Belding—. ¡Encontraremos a Sol, y si no lo encontramos quedan otros caballos…!


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