Lluvia de oro

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—Gracias, señor —dijo burlona—. Adiós. Y se alejo rápidamente.

Turbado y confuso, Gale entro en su aposento, donde tardo bastante en recobrar la serenidad.

Al siguiente día, a la hora del desayuno, Nell no compareció. La señora Belding hubo de considerar desusado el caso, buscándola por el patio, en la plazoleta y en la habitación de Mercedes. Pero Nell siguió sin aparecer.

—Hace días que está desatinada —dijo Belding—. Esta mañana ni me dirigió la palabra. Déjala, madre, ya está bastante mimada. Cuando apriete la gana verás como comparece.

A pesar de la convicción de Belding, compartida por Gale, Nell no compareció. Cuando los hombres salieron, el yaqui estaba desayunándose en su acostumbrado banquillo.

—Yaqui… Lluvia de Oro ¿sí? —pregunto Belding señalando hacia los corrales. El indio designaba a Nell con el bellísimo eufemismo que Belding había empleado para preguntarle por ella, pero el yaqui dio una contestación negativa.


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