Lluvia de oro
Lluvia de oro —Dick, no serÃa su acción una falta tan grave, pero… ¡aunque lo fuera…! Vaya, Dick, si no por Mercedes, por mÃ…, para complacerme… Yo… Yo le aseguro que no perderá nada yendo…! Sé cómo piensa Mercedes. Una palabra de Thorne… algunas noticias suyas… bastarán para salvarla. Coja a Blanco Sol y vaya, Dick. ¿Qué rebelde habrá que pueda alcanzarle con ese caballo? ¡Si yo misma me atreverÃa a desafiar el ejército rebelde entero montando a Sol!
—Nell, no se trata de atrevimientos. Es mi palabra… mi palabra a Belding.
—¡Dijiste que me amabas! ¡Pues si me amas, ve! ¿No sabes lo que es amar?
Gale miraba atónito a la transfigurada joven.
—¡Oye, Dick! Si vas, si traes noticias de Thorne que puedan confortar a Mercedes… te… tendrás tu recompensa…
—¡Nell!
Tan sorprendente era su peligrosa dulzura como este nuevo aspecto de su carácter.
—Dick, ¿quieres ir?
—¡No! ¡No! —grito Gale luchando consigo mismo—. Nell Burton, óyeme. El alcanzar la recompensa prometida seria para mà alcanzar el cielo en la tierra, pero ni a ese precio falto a la palabra que di a tu padre.
Ella pareció la encarnación de pueril desprecio y terca testarudez.