Lluvia de oro
Lluvia de oro —Me lo figuraba. Intenté persuadirle de que enviase a Ladd o al yaqui, pero ni me hizo caso. Dick, Mercedes se muere. ¿No ven ustedes lo que pasa? Es más que amor y más que miedo. Es… incertidumbre… duda… ¡Oh! ¿No podrÃamos hacer algo por ella?
—¡Nell, sufro tanto como usted! QuerÃa ir yo a Casita, pero Belding me ha hecho prometer que esperaré sus órdenes.
Nell se acercó a Gale cogiéndole por un brazo. En su rostro no habÃa huella de dolor. Sus ojos chispeaban a causa de una mal disimulada excitación.
—Dick, ¿se atreverÃa a ir sin permiso de papá? Vaya a Casita y averigüe qué le pasa a Thorne. Por lo menos entérese de si salió para RÃo Forlorn…
—No, Nell; no haré tal cosa.
Se apartó de él con apasionada violencia.
—¿Tiene usted miedo?
No era ciertamente aquella mujer la Nell Burton que Gale conocÃa.
—No; no tengo miedo —contestó algo azorado.
—¿Quiere usted ir… por m� —dijo Nell cambiando rápidamente de actitud y acercándose a él de nuevo, cogiéndole las manos, pálida, irresistiblemente seductora.
—Nell, no quiero desobedecer a Belding —protestó Gale—. No quiero faltar a mi palabra.