Lluvia de oro

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Incontables veces anunció Gale su propósito de ir a Casita y averiguar la causa del silencio de Thorne, pero sabios consejos prevalecieron sobre su vehemencia. Belding dudaba de la seguridad del camino, va que, a creer a los fugitivos que a diario pasaban por Río Forlorn, hubiera sido preferible una guerra de veras a lo que ocurría a lo largo de la divisoria. Belding, los batidores y el yaqui celebraron una consulta. El indio se había hecho indispensable a Gale y era, además, un valioso auxiliar de Belding. Tenía toda la astucia de su raza unida a una superior inteligencia. Su conocimiento de los bandidos mejicanos corría parejas con el odio que les profesaba. El yaqui, que había explorado las pistas, aportó informes que decidieron a Belding a esperar algunos días antes de enviar a nadie a Casita, haciendo prometer a sus subordinados, y especialmente a Gale, que no partirían sin su autorización.

A la salida de esta conferencia, Gale encontró a Nell. Desde el episodio de la interrumpida siesta había estado más evasiva que nunca; desde entonces lo más que Dick había podido conseguir era una sonrisa a distancia. Pero tuvo ahora la impresión de que le esperaba y al acercársele se cercioró de ello.

—Dick —empezó precipitadamente—. ¿Va a enviar papá a alguien a Casita?

—No; todavía no. Cree mejor esperar. Lo creemos todos; lo siento mucho por Mercedes…


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