Lluvia de oro
Lluvia de oro Rojas alcanzó el nivel del reborde. Se detuvo, agazapándose, como una pantera. Indudablemente, veÃa a Mercedes en la cueva. Rasgaron el aire algunos disparos; Roas cayó. ¡Estaba herido! Pero mientras Gale gritaba exultante, se volvió a levantar con una agilidad que alejaba toda suposición de que hubiese recibido una grave herida. De la cueva salió una menuda figurilla oscura. ¡Mercedes! Retrocedió, pegándose a la pared. Gale vio una blanca nubecilla, se oyó una detonación…, pero el bandido se abalanzó hacia ella. La joven corrió, no intentando evadirle, sino hacia el precipicio. Su propósito era evidente, pero Rojas fue más rápido que ella. Un grito desgarrador resonó a través del cráter, ¡un grito de desesperación!
Gale cerró los ojos. No se sentÃa con fuerza para ver más.
Thorne repitió como un eco el grito de Mercedes. Gale se volvió a tiempo apenas de abrazarse a su amigo, que intentaba emprender la pendiente. Al retroceder con él, cayeron ambos. Gale consiguió retenerse y sostener a Thorne, pero tuvo que aferrarse a una chova. Al retirar las manos, estaban cubiertas por las grandes púas plateadas.
—¡Por amor de Dios! ¡Gale! ¡Dispara! ¡Dispara!
—¡Mátala a ella!… ¡Mátala a ella! ¿No ves a… Rojas?