Lluvia de oro

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Thorne cayó sin sentido.

Con las manos en alto, estremecido de dolor, Gale miró al otro lado del cráter. Rojas no había matado a Mercedes. La estaba dominando. Sus acciones parecían lentas, reposadas, llenas de criminal intento. Las de ella eran violentas, defendiéndose como un lobo cogido en el cepo, luchando con uñas y dientes.

La intención de Rojas era evidente.

Gale, física y moralmente agotado, empuñó el rifle, encañonando a las dos figuras que contendían al borde del abismo. Disparó de nuevo, esperando herir a Rojas, pidiendo al cielo no matar a Mercedes. La bala fue alta. Tres, cuatro, cinco disparos más… ¡inútiles…! El rifle cayó de sus laceradas manos.

—¡Oh, Jim! ¿Dónde estás? —gritó Dick—. ¡Ladd!, ¡yaqui!

De pronto una sombra oscura bajó literalmente a plomo por la pared posterior del saliente donde se desarrollaba la terrible contienda.

—¡Yaqui! —repitió Gale agitando las manos, de las que chorreaba la sangre.

El indio se abalanzo sobre Rojas, tirándole contra la pared. Mercedes quedó inmóvil, en el suelo. Cuando el bandido se incorporó, el indio se interpuso entre él y la vereda. Rojas retrocedió, dirigiéndose al extremo opuesto. Parecía aterrorizado, sumido en extraño estupor.


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