Lluvia de oro

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Gale percibió el reflejo de un cuchillo en manos del yaqui. Rojas, francamente desmoralizado, echo a correr por un reborde del declive en el que parecía imposible que pudiera encontrar pie, seguido por el indio. Al terminar el reborde, Rojas hubo de proseguir, aprovechando los salientes de lava, las anfractuosidades de la vertiente, las hondonadas y las grietas. Tal vez creía posible dar la vuelta a la prominencia o escalarla. En todo caso, seguía adelante con la inaccesible ladera por encima y el abismo a sus plantas.

El yaqui se le acercaba inexorable, como el destino. Si esto parecía a Gale, ¡qué debió parecerle a Rojas! Se aplasto contra la pared… El yaqui avanzo paso a paso. Era el salvaje en su prístino estado, y para él debía ser el momento glorioso de su vida. Dick le vio mirar a las paredes del cráter y a la sima. Tal vez invocaba los espíritus de sus seres amados y perdidos, las sombras de su raza, llamándolas para presenciar su desquite.

Gale oyó o creyó oír el grito salvaje y extraño del indio, que se iba acercando… acercando… sin llegar a ponerse al alcance de Rojas… ¡Qué lentos eran sus ademanes!… ¿No terminaría nunca?… ¡Un alarido rasgo el silencio!…


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