Lluvia de oro

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Entre las varias mudanzas ocurridas en Río Forlorn no fueron de las menos importantes la implantación del servicio de Correos y la apertura de una taberna de mezcal. Belding había hecho lo imposible por conseguir la primera, pero no veía con buenos ojos la segunda en Río Forlorn, aunque la considerase un mal inevitable. Los mejicanos necesitaban mezcal. Hasta entonces Belding había conseguido librar al poblado de todo establecimiento en el que se destilase el enérgico licor extraído del nopal; pero la llegada de americanos mineros, cowboys, buscadores de mineral, hombres fuera de la ley y otros indeseables, trajo aparejada la taberna, que a la vez era su posada y su centro de contratación y de negocios.

Belding, con Carter y otros antiguos residentes, vio la necesidad de un sheriff, en Río Forlorn.

Una mañana, en los primeros días del citado mes, Belding, al ir hacia los corrales, vio a Nell montada en Blando José, desembocando por la carretera y llevando un paso tan rápido, que le dejo atónito.

«Ya hacía demasiado tiempo que estaba sosegada», —pensó.

Blanco José, como todos los peliblancos, era de fuerte y pesada estructura; su galope era ruidoso, retumbante. Nell refrenó bruscamente, obligando al animal a patinar sobre sus patas traseras entre una nube de polvo.

Belding se percató en seguida de que estaba furiosa.


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