Lluvia de oro
Lluvia de oro Belding era un hombre sencillo, más dado a obrar que a pensar. Cuando las complejidades de la vida le agobiaban, lograba resolverlas sin acabar de comprender. Su esposa era un misterio para él. Nell, habitualmente alegre y franca como el sol estaba sujeta a extrañas transformaciones, súbitas y tempestuosas. Por eso Belding regocijábase al ver a su esposa más animada y más feliz a Nell. La muchacha contemplaba a menudo un anillo que ceñía el tercer dedo de su mano izquierda y dirigía profundas miradas hacia el Oeste. Madre e hija parecían cada día más libres de la opresión que trajeron contigo los pasados tiempos angustiosos. Si algo sentimental había en la naturaleza de Belding, lo exteriorizaba en forma de recuerdo de Blanco Diablo y el deseo de volverlo a ver. Interrumpía a veces su trabajo para mirar el desierto, hacia el Oeste, y si pensaba en sus batidores, en Thorne y en Mercedes, no olvidaba por cierto a su caballo.