Lluvia de oro

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XIII

El día primero de marzo, las tropas federales relevaron la guarnición de Casita después de un breve y decisivo combate en el que los rebeldes quedaron dispersos, fraccionados en pequeñas bandas, y arrojados hacia el Este en dirección a Nogales.

Río Forlorn estaba, sin embargo, predestinado a no volver a su quietud. La predicción de Belding se realizaba, comenzando por la invasión pacífica del Valle de Altar.

Tránsfugas de Méjico y Casita hicieron correr la voz de que en Río Forlorn había pastos, agua y madera en abundancia y, como por arte de magia, empezaron a surgir verdaderos campamentos de blancas tiendas de lona y casas de adobe.

Belding estaba más tranquilo que en los últimos tiempos. Creía pasadas las épocas de penalidades y de estancamiento de su poblado. Contrató un par de mejicanos de confianza para patrullar la divisoria y se dedicó de lleno a su rancho y a los proyectos de irrigación y minería. Esperaba de un momento a otro recibir noticias de Sonoyta o de Yuma con el feliz arribo de los fugitivos guiados por el yaqui a través del desierto.


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