Lluvia de oro

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—Señor Belding, yo soy un hombre de negocios; llego aquí, veo una buena oportunidad, no parece haber nadie que tenga concesiones legales y demarco tenencias, establezco squatters y comienzo a edificar. Al parecer, sus batidores han descuidado tomar ciertas precauciones. Lo lamento por ellos, pero estoy resuelto a defender mis tenencias y a apoyar a los que trabajan a mis órdenes. Si no está conforme, puede apelar a Tucson. La ley me ampara.

—¿La ley? En la frontera sudoeste no conocemos más ley que la palabra de un hombre y su revólver.

—Entonces, puede usted decir que con Ben Chase ha llegado la ley americana a Río Forlorn… —replicó el otro.

—¿Usted no es oriundo del Oeste? —pregunto Belding.

—No, procedo de Illinois.

—Ya lo suponía. Conozco su ralea. ¿Cuánta vida cree que tendría en Texas? Es usted uno de esos acaparadores de terrenos y aguas que han caído sobre el Oeste. Sois como los madereros. Lo tomáis todo sin preocuparos de los que vienen detrás. Señor Chase, el Oeste iría mejor y prosperaría más si hombres como usted fueran arrojados de él a puntapiés.

—No podrá usted hacerlo.


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