Lluvia de oro

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—Eso es lo que queda por ver. Espere a que vuelvan mis batidores. No quisiera estar en su pellejo. Y no tergiverse mis palabras. Probablemente no se le podrá acusar de haber robado los planes c las ideas de otro hombre, pero sí de haberse apoderado de esas cuatro tenencias propiedad de mis batidores. La ley podrá ampararle, pero entre nosotros, los fronterizos, lo que cuenta es el espíritu, no la letra.

—Escuche, Belding. A mi juicio, toma usted una actitud equivocada. Voy a explotar este Valle. Valdrá más que se ponga de mi parte. Tengo que hacerle una oferta relativa a esa faja de terreno que posee frente al río.

—No puede negociar conmigo. No quiero trato alguno con usted.

Bruscamente Belding dio media vuelta y abandono el campo. Nell salió a su encuentro, probablemente con idea de interrogarle, pero una simple mirada confirmo sus peores sospechas. En silencio, regreso con él. Belding reconocía su impotencia para detener a Chase en la prosecución de su obra, sintiendo honda tristeza e indecible contrariedad ante la ruina de las esperanzas de Dick, que eran las suyas.


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