Lluvia de oro

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La señora Belding le escuchó en silencio y estrechando a la joven contra su pecho. Después presentó las objeciones que su perspicacia le dictaba.

—De no ser así —dijo Belding—, Rojas debió salirles al encuentro en el Pozo papago o en las Cisternas.

—Tom, cuando estás excitado pierdes la serenidad prosiguió ella. —Sabes muy bien que sólo por milagro podría Rojas alcanzar a los peliblancos. ¿Dónde está tu tan cacareada confianza? El yaqui sobre Diablo, Dick sobre Sol y los otros igualmente bien montados, no hay quien los atrape o los exceda. Y… ¡ya no ocurren milagros!

—Bien, madre. Prefiero oírte hablar así —dijo Belding—. La verdad es que en estos días no soy el mismo. Manifiéstanos tu opinión. Ya sé que tienes fama por tus corazonadas.

—Poco puedo añadir a lo que tú mismo dijiste la noche que se llevaron a Mercedes. Aconsejaste a Ladd que se fiase del yaqui, que era insubstituible. Tal vez haya ido por algún valle ignorado de Sonora para tender un lazo a Rojas. Es capaz de hallar agua y hierba allí donde no las encontraría un mejicano.

—Pero, madre, ¡hace siete semanas que marcharon! …

¡Siete semanas! Yo calculaba seis a lo más. ¡Siete semanas en el desierto!


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