Lluvia de oro
Lluvia de oro Durante todo el día oíanse los estruendos de los barrenos y de los aludes en el desfiladero. Los obreros de Chase estaban derrocando las escarpas en el estrecho cuello de la garganta y construyendo la represa exactamente tal como Gale había proyectado. Cuando terminó el trabajo de voladura, Belding experimentó un gran alivio. Ya no le recordaría continuamente su pérdida y la de Gale. Por fin se resignó, pero no pudo reconciliarse con la idea del infortunio de su batidor.
Además tenía otra preocupación. Abril llegó sin noticias de los fugitivos. De Casita recibía vagos rumores de raids en Sonoyta, rumores imposibles de comprobar hasta el regreso de sus batidores mejicanos. Llegaron unos forasteros; uno de ellos, González, mestizo inteligente y de confianza, dijo haber encontrado buscadores de oro en el Oasis, recién llegados del Camino del Diablo, soportando una terrible jornada de calor y de sequía, sin rastro alguno del yaqui y de su séquito.
—Está visto —dijo Belding—. El indio no los llevó a Sonoyta. Tuvo que ir a parar al Camino del Diablo, y batidores, Mercedes, Thorne y los caballos… se han perdido en el desierto. Es la eterna historia de ese maldito. Camino.
Así tuvo que decírselo a Nell. Fue una confesión que habría dado cualquier cosa por evitar.