Lluvia de oro
Lluvia de oro —¿Si Dick Gale cuida de su caballo? Escuche, no hay muchos hombres tan bien queridos, no ya cuidados, como ese peliblanco que monta Dick. Blanco Sol se llama, señor Gale. ¡Espere a conocerle! Salvo uno, es el mejor, el más fuerte, el más raudo de todos los caballos del Sudoeste.
—¿De manera que quiere a su caballo? ¡No reconoceré a mi hijo! Señor Belding, dice usted que Ricardo está a su servicio. ¿Me permite que le pregunte con qué salario?
—Le doy cuarenta dólares, la vida y el equipo —replico Belding, orgullosamente.
—¿Cuarenta dólares? —repitió el padre—. ¿Diarios o semanales?
—Mensuales, naturalmente —contestó Belding, algo cortado.
——¡Cuarenta dólares al mes para quién gastaba quinientos en el mismo espacio de tiempo siendo estudiante de la Universidad!
El señor Gale se echo a reÃr por vez primera, y fue su risa la del que, queriendo creer lo que oye, no se atreve a concederle crédito.
—Y…, ¿qué hace con tanto dinero? ¿Con ese dinero ganado con su sudor, su trabajo y su sangre?
—Lo ahorra —replico Belding.