Lluvia de oro

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—Llegó justo a tiempo de evitar que perdiera los estribos. Yo estaba más cerca que tú del escondrijo de Mercedes. Cuando Rojas y su último pelón empezaron a cruzar, Ladd echó tras ellos, pero yo no pude. Ladd se cargó al satélite y después continuó…, aquí caigo, allí me levanto…, hasta que cayó definitivamente. Lo más probable es que no lo encontremos con vida… Muchachos, Rojas estaba fuera de sí. Y Mercedes se portó heroicamente. Yo mismo la vi disparar…, pero ni las balas podían con él. ¡Os juro que sudé sangre presenciando la lucha! ¡Y el final! Solamente un yaqui podía hacer semejante cosa… ¿Lo vio usted, Thorne?

—No; estaba fuera del mundo.

—¡Qué lástima! Dick, ¿está herido?

—No; un porrazo en la cabeza y una lesión superficial —replicó Dick—. Déjame que te ayude, Jim.

Paso a paso Gale llevó a los dos heridos por la escabrosa pendiente, atravesando el puente de lava; dejólos allí a descansar mientras él iba en busca de Ladd.

Encontró al batidor de bruces en el suelo, empuñando aún, con ensangrentada mano, su revólver. Le creyó muerto, pero examinándole vio que respiraba, si bien estaba cubierto de heridas. Lo tomó en brazos y lo llevó junto a sus compañeros.


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