Lluvia de oro

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—Escucha, Thorne. ¿Qué es eso? —preguntó deteniéndose al llegar a un punto donde el sendero se interrumpía por las anfractuosidades de la lava. Había perturbado el silencio un extraño ruido, un ruido casi in creíble, dado el momento y el lugar. Una voz llegaba hasta ellos.

—¡Media vuelta a la pareja! ¡Media vuelta! ¡Cadena! ¡Izquierda todos! ¡Media vuelta a la pareja!

—¡Jim! —gritó Gale arrastrando a Thorne—. ¿Dónde estás? ¡Creí que habías muerto…! ¡Oh! ¡Cuánto me alegro de verte! ¿Estás herido?

Jim Lash estaba ante ellos apoyado en la culata del rifle, que utilizaba como muleta. Sonreía, intensamente pálido. Tenía las manos ensangrentadas y un pañuelo fuertemente anudado a la pierna izquierda por encima de la rodilla. El miembro colgaba inerte.

—Opino que no es cosa grave —replicó—, pero si te interesa el saberlo, te diré que la pata me duele a rabiar.

—¿Y Ladd? ¿Dónde está Ladd?

—Al otro lado de la cisura. Ahora iba en su busca. Hemos pasado un día delicioso… Ladd ya estaba bastante perforado antes de salir al encuentro de Rojas… Dick, ¿viste al yaqui embestir al bandido?

—¡Qué si lo he visto!… —exclamó, excitado, Gale.


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