Lluvia de oro

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Para Thorne fueron sus palabras excelente tónico. La sombría expresión de horror abandonó su mirada y levantándose, aturdido, pero sin ayuda, miró a través del cráter. El yaqui estaba inclinado sobre Mercedes, tratando de incorporarla. Mercedes parecía débil, incapaz de mantenerse en pie, pero al ver a Thorne agitó la mano. Estaba ilesa. Thorne elevó ambos brazos al cielo y de sus labios salió un grito que no era una llamada, ni un saludo, ni una respuesta. Como el del yaqui, era incalificable, pero resultaba profundo, hosco, terriblemente humano en su intensidad. Mercedes repitió su ademán, imitándola el yaqui; Dick comprendió que la acción significaba una señal de urgencia.

Cogiendo apresuradamente las cantimploras y los rifles, Gale pasó un brazo por la cintura de Thorne.

—Vamos, amigo. ¿Puedes andar? ¡Claro que sí! Apóyate y verás como salimos de aquí en un abrir y cerrar de ojos. No mires al abismo. Tenemos el tiempo justo antes de que anochezca. ¡Oh, Thorne! ¡Temo que Jim haya muerto, y Ladd me pareció que estaba muy mal herido!

Gale sentíase febrilmente excitado. Una vez en el sendero, Thorne caminó con más facilidad.


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