Lluvia de oro

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XV

Entre tanto, lejos de Río Forlorn, Dick Gale contemplaba absorto la sima en que Rojas había encontrado la muerte. El yaqui continuaba en la llambria de lava de donde había desalojado al bandido. Mercedes, tendida en tierra, no hacía movimiento alguno. A través del abismo llegó a oídos de Dick el salvaje y extraño grito del indio. Después, silencio; un silencio absoluto, impenetrable. El sol declinaba y por momentos la bruma rojiza se iba oscureciendo.

El grito del yaqui pareció romper el conjuro que mantenía a Gale tan inmóvil como cuanto le rodeaba. El indio iba retrocediendo hacia la saliente. No se movía con su antigua felina facilidad. Se arrastraba, gateando, con frecuentes pausas. Cuando, por fin, llegó a donde Mercedes vacía, Gale se incorporó, impelido a afrontar la responsabilidad que recaía sobre él.

Rápidamente se volvió hacia Thorne. El militar empezaba a recobrar el sentido. Gale tomó su cantimplora, le humedeció las sienes y le obligó a beber. Era difícil sostener la mirada de su amigo.

—¡Thorne! ¡Thorne! ¡Todo va bien! —gritó—. ¡Mercedes está a salvo! ¡El yaqui la ha defendido! ¡Rojas ha muerto! ¡El indio le arrojó por la sima! ¡Hemos triunfado!


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