Lluvia de oro
Lluvia de oro Entraron. El aposento era una gran sala, faltándole únicamente el mostrador para parecer una taberna. HabÃa dos mesas de billar. Evidentemente, Chase habÃa montado el local para distracción de sus obreros y uso de sus ingenieros ayudantes, porque entre los grupos se veÃan mejicanos y americanos. Una mesa junto a la ventana estaba rodeada por un cÃrculo de jugadores, fumando, charlando y alborotando.
—Dime quién es Radford Chase —dijo Gale.
—¡AllÃ! ¡Aquel de rubicundo rostro y ojos saltones! ¡Mira! ¡Ha soltado las cartas y va no está tan rubicundo!
Dick atravesó la pieza.
Belding cogió por un brazo al señor Gale, murmurando:
—¡No pierda detalle! ¡Será estupendo! Observe a Dick y a Ladd. Si empiezan a disparar, póngase detrás de mÃ.
Dick se detuvo junto a la mesa. Su pie, reciamente calzado, la echó a rodar, volando por doquier vasos, cartas y fichas. Al comenzar a levantarse los atónitos jugadores, Dick exclamó:
—Me llamo Gale. Busco al señor Radford Chase.
Un individuo alto y fornido se puso en pie intrépidamente, incluso con cierto descaro, mirando a Dick.
—Yo soy Radford Chase.
Su voz desmentÃa la intrepidez del movimiento.