Lluvia de oro

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A los pocos minutos todo había terminado. Mesas y sillas yacían en confuso montón; uno de los billares estaba de canto; las lámparas, hechas añicos, chorreaban aceite por el suelo. Ladd se apoyaba en un poste, con un revólver humeante aún en la mano. Un mejicano agazapado junto a la pared gemía con un brazo roto. En el rincón más apartado, sostenido por varios compañeros, otro indígena herido se quejaba a gritos.

Ambos habían intentado disparar sobre Gale, pero Ladd les había salido al encuentro.

En el centro de la sala yacía la inerte, sangrienta y lacerada figura de Radford Chase. No estaba seriamente herido, pero sí aniquilado, gráfico ejemplo de un vapuleado granuja, que conocía su condición y sabía que todos los ojos estaban fijos en él. Sollozaba, gemía, aullaba, pero nadie se brindaba a levantarle.

Junto a la puerta estaba Ben Chase, despojado por una vez de toda su autoridad, de todo su valor y su confianza. Gale le afrontó y su aspecto ofrecía marcado contraste con la serenidad con que había entrado en la sala. Aunque el sudor corría por su frente, estaba blanco como la cera. Sus ojos relampagueaban de cólera. Acercándose a Chase, sacudió un enguantado puño ante su rostro.


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