Lluvia de oro
Lluvia de oro El yaqui siguió adelante hasta llegar al punto en que la corriente del río se precipitaba desde las inaccesibles alturas. Dick no había pasado nunca de allí, aceptando la opinión de Belding de que no había blanco capaz de escalar las «Montañas Sin Nombre» por el Oeste. Pero… un blanco no era un indio. El yaqui abandonó la quebrada, trepando por una caótica confusión de rocas y antiguos aludes, siguiendo un curso paralelo a la base de la gigantesca ladera, al parecer buscando punto a propósito por donde comenzar el ascenso. El lugar, a juicio de Gale, hubiera sido el menos propicio para la ascensión. Ante ellos se elevaba el acantilado de piedra, interceptando la luz, formando una enorme masa montañosa. Cisuras, cuevas y grietas sin cuento desfiguraban los abombados declives de parda roca.