Lluvia de oro

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—Eso opino yo también —dijo Ladd—, pero tenemos una mujer y un forastero a quienes custodiar, sin hacer mención de nuestro propio equipo. A más de que lo que buscamos es conseguir nuestro propósito, no una reyerta.

—Entonces, no tenemos más remedio que tirar hacia Río Forlorn.

—Ahora dices algo, Jim. ¡Ojalá hubiéramos empezado por ahí! Pero es natural que pensando en la muchacha prefiera apartarme de la divisoria. No nos será posible dar un rodeo para evitar la cuadrilla y volver a tomar el camino. Tendremos que abandonar la idea de llevarlos a San Felipe.

—Acaso sea preferible, Ladd. El río Forlorn está en la divisoria, pero es una comarca que aún no han invadido los rebeldes.

—¡Espera que les lleguen noticias del oasis y de los caballos de Belding! —exclamo Ladd—. No confío que quede lugar algo pacífico en la frontera, Jim. Pero debemos ir adelante, no podemos retroceder.

—Entonces, ¿qué haremos, Ladd? De aquí al rancho de Belding hay todo un paseo y, si llegamos allá de día y algún pelón ve a la muchacha antes de que Belding pueda esconderla, dará que hablar y la noticia llegará a Casita antes de lo conveniente.


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