Lluvia de oro

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—Naturalmente, no llegaremos al río Forlorn de día. Dejemos aquí los hatos, Jim. Podemos ocultarlos entre los cactos y volver después a buscarlos. Así podrá el forastero ir montado y…

Interrumpió la conversación un sonoro relincho procedente del arroyo. Al parecer, alguno de los caballos había husmeado a los viajeros. La impasibilidad de los mejicanos se trocó en viva atención.

Ladd y Lash retrocedieron llevando a los caballos por el primer pasadizo que encontraron al sur del camino. De momento no dijeron nada más, manifestando por sus acciones deseos de premura. Gale tenía que correr para poder seguirlos, por lo que fue para él un verdadero alivio que se detuvieran cuando empezaba ya a rezagarse.

Descargaron los hatos, ocultándolos en un macizo de mezquites. Ladd puso una manta sobre uno de los caballos y después se quito los zahones.

—Gale, usted lleva botas y levantando los pies al pasar puede librarse de los cactos, pero… la… la… señorita Castañeda, acabará hecha pedazos si no se pone esto dígaselo así y… que se dé prisa.

Dick tomo las chaparreras, acercándose a Mercedes y explicándole la situación. La joven se echo a reír ante su azorada insistencia y desmonto.

—Las chaparreras y yo somos antiguos amigos, señor Gale —dijo.


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