Lluvia de oro
Lluvia de oro Sentíase bajo el peso de una completa laxitud, sin deseo alguno de moverse. Un súbito dolor en la mano le llevó a examinarla. La tenía de un color negro azulado, hinchada, con un volumen doble por lo menos de su tamaño natural, y dura como una piedra. Los nudillos, desollados, aparecían cubiertos de cuajarones de sangre. Dick consideró que era la mano de peor catadura que había visto desde sus primeros tiempos de rugby y que probablemente le molestaría durante más tiempo del que fuera deseable. Por la ventana entraba una brisa tibia y fragante. Dick percibió el aroma de flores, oyó el rozar de las hojas, el susurro de algún riachuelo cercano, el piar de los pájaros y, después, pasos que iban acercándose y voces confusas. La puerta, situada al otro extremo de la habitación, estaba abierta, permitiendo ver más allá las columnas de madera que sostenían el tejadillo de un pórtico, un banco, macizos de rosas en flor, hierba, y en último término el verde follaje de los árboles.
—Cuando me asomé, hace una hora, dormía como un lirón —dijo una voz, que Dick reconoció ser la de Ladd.
—Déjale dormir —contestó otra más grave, con acento bonachón.