Lluvia de oro

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—En el oasis sólo tengo unas cuantas cabezas. Lo que más me preocupa son los caballos, y no te creas, los Estados Unidos también tienen por qué preocuparse. Los rebeldes se han extendido al Oeste y al Norte hasta Casita. Más allá no hay ni puede haber caballería en la frontera. Es un desierto prácticamente sin agua. Pero a los mejicanos esto no les preocupa, a todo se aclimatan. Serían capaces de cruzar la divisoria por el río Forlorn y entrar armas de contrabando en Méjico. Como sabes, mi obligación es vigilar a los chinos y japoneses que intenten penetrar en América por Magdalena Bay, pero también he de patrullar la divisoria. Tendré que contratar más batidores. Ahora bien, no me preocupa tanto el que me suelten un tiro, aunque en este lugar tan solitario hay peligro de ello, como el perder mi caballada. Si los rebeldes llegan hasta aquí o si tienen noticias de mis caballos, vendrán a buscarlos. Esas guerrillas mejicanas son capaces de todo, tratándose de jacos. Es su pasión. Saben lo que es bueno y crían los mejores del mundo. Te aseguro que no duermo tranquilo.

—Jim y yo tendremos que hacerte compañía una temporada, Belding. Hemos recorrido toda Arizona huyendo del espino artificial.



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