Lluvia de oro
Lluvia de oro Deseaba Dick sobre todas las cosas levantar la vista y mirar a Nell, pero adivinando que la situación podría ser embarazosa para ella, se abstuvo de hacerlo. La muchacha empezó por lavar cuidadosamente sus nudillos. Él noto la suavidad, la destreza de sus acciones, aunque le pareció notar que un ligero temblor agitaba sus manos preciosas, ni pequeñas ni grandes, fuertes, morenas y flexibles. Por el rabillo del ojo observo también que se había arremangado, poniendo al descubierto unos brazos como hechos a torno, de líneas perfectas. La piel era morena, o quizá más bien dorada que morena. De un tinte maravillosamente claro. Tímidamente, Dick continuo con los ojos bajos, aplazando todo lo posible el instante de elevarlos hasta su rostro. Sería un terrible momento. Le complacía jugar con el placer de la anticipación Sin embargo, cuando ella se sentó a su lado y puso su mano en el regazo para preparar los vendajes, el deseo de levantar la vista fue tan irresistible al sentir la suya tan próxima, que cedió a él, contemplando un rostro dulce y perfecto, curtido lo mismo que los brazos. El cabello, rubio, era una abundante masa ondulada. Sombreaban sus ojos larguísimas pestañas, a través de las cuales se percibía un destello azul.
Viendo lo absorta que estaba en su tarea, Gale hizo algunas calladas consideraciones sobre su modo de ser.
Era una muchacha llena de salud, alegre, bonita y positivamente seductora.