Lluvia de oro
Lluvia de oro —¿Duele mucho? —pregunto Ladd, que actuaba de interesado espectador.
—Confieso que sà —replico Dick, sin dejar de mirar a Nell—. Pero no importa.
La joven le miro sorprendida. HabÃa tomado sus palabras literalmente, pero sus chispeantes ojos azules encontraron por un instante los del joven y un vivo carmÃn tiño sus mejillas. Acabo precipitadamente el vendaje y se puso en pie.
—Muchas gracias —dijo Gale, imitándola.
Belding se asomó a la puerta y viendo terminada la operación los llamo a cenar. Dick no podÃa servirse más que de una mano, y, además, estaba ocupado en un disimulado examen de la joven; sin embargo, supo eclipsar a ambos cowboys en el asalto a la suculenta cena preparada por la señora Belding. La conservación se generalizo, con profunda satisfacción por su parte, para que pasara inadvertido su voraz apetito.
Después de cenar, aprovecho la primera oportunidad para salir al jardÃn y, atravesando las huertas y praderas, subió a un otero desde donde podÃa dominar el pequeño poblado, cuya extensión le sorprendió, asà como el considerable número de edificios de adobe. Las lejanas montañas, abruptas y sombrÃas masas informes de atormentados peñascos, le escalofriaban y le amedrentaban.