Lluvia de oro
Lluvia de oro Hacia el Oeste el sol poniente doraba una ilimitada extensión del áspero desierto. Gale se sentÃa sobrecogido. Por doquier se elevaban anfractuosas sierras o aisladas montañas solitarias, pero el desierto lo invadÃa todo, las envolvÃa, las cercaba, extendiéndose entre ellas y más allá de ellas. Cuando se puso el sol, reduciendo la visibilidad, tuvo una sensación de alivio.
Al desaparecer la magna y austera atracción de la distancia vio el desierto más cerca, el valle a sus pies. ¡Qué región tan extraña, tan gris y tan sombrÃa! Sobre los tonos graves se destacaba una luz serpeante, más clara, que supuso era el cauce del rÃo. Noto que los charcos se iban haciendo más pequeños, hasta perderse en la arena. ¡Estaba terminando la estación de las lluvias y aquel riachuelo pugnaba por vivir, sosteniendo desesperada lucha contra el absorbente desierto!
Recibió una potente impresión de la naturaleza, de aquella perdurable devastación en la que, sin embargo, adivinaba que estaba destinado a encontrar amor, trabajo y fortaleza.