Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto —No. He cometida un crimen. Hay sangre en mis manos. Oella, yo no soy falso. No quiero engañarte.
—Tómame, soy tuya —exclamó la india, y su apasionada voz hirió a Adán en lo más hondo. La muchacha estaba dispuesta a compartir con él las penas de los solitarios caminantes del desierto.
—¡Adiós, Oella, noble corazón! —dijo roncamente, y se alejó a grandes pasos, guiando a su burro hacia la solitaria y melancólica noche del desierto.