Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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—Dismukes, parece que ha oído usted hablar mucho de mí…

—… pero ¿no sacó usted el arma sobre Mackue? —continuó Dismukes, con vivo fuego en sus ojos saltones.

—En efecto…, no lo hice.

—¡Mató usted a Mackue sólo con las manos! —exclamó Dismukes—. Wansfeld, ¿quiere contarme cómo fue? —Prefiero no hacerlo, Dismukes. Hay cosas que me gusta olvidarlas.

—Está bien, pero para mí aquella hazaña suya significó mucho —contestó el minero—. Mackue se portó cochinamente conmigo. Después le encontré en Riverside y allí me volvió a amenazar. Era un ladrón y un asesino. Creo que arreaba emboscadas a los mineros. Mackue era como muchos hombres que se quedan en el desierto… descendió al nivel de las bestias. Yo le odiaba… Mi informador, un desconocido, me dijo que no quedó un hueso entero en el cuerpo de Mackue… Wansfeld, si hizo usted eso con Mackue, estamos en paz. ¿Lo hizo?

—Sí.

Dismukes se frotó las manazas y sus ojos saltones se dilataron. Un fiero gesto contorció su duro rostro un instante.

—¿Por qué lo mató usted?


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