Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Y al responder su cuerpo gradualmente, a la dureza del desierto, la mente de Adán desembarazábase también, poco a poco, de su humor fiero e inexorable, del estado morboso que como liquen se había adherido a él. El aire seco y suave del desierto parecía penetrar en un cerebro, echando de allí los miasmas y las sombras tenebrosas. Era libre. Estaba solo. Se bastaba a sí mismo. El desierto le atraía. Desde muy lejos, tras aquella pavorosa sierra de negras rocas de la Montaña Funeral, algo extraño, dulce y emocionante clamaba esperando su llegada. La dura lucha en el desierto había despertado en Adán el anhelo de encontrar lo inalcanzable. Había vencido hasta entonces todos los obstáculos físicos, y también conquistaría el Valle de la Muerte. Lo veía en toda su espantosa desolación; examinaría todos sus misterios; retiraría hasta el límite de su resistencia las más terribles amenazas de aquel fatídico lugar, único en la tierra.
Por la tarde llegó a la cima de una enorme ladera y pudo contemplar el valle del río Amargosa, el cual tenía el aspecto amargo y desolado que sugería su nombre español. La superficie del estrecho y tortuoso río brillaba argentina a la luz del sol. En las guijarrosas estribaciones de la ladera, y junto a los bancos de arena, crecían mezquites y otros arbustos.