Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Aún era muy de mañana, mas los rayos del sol, surgiendo por encima de las negras escarpaduras del Este, quemaban, y el día prometía ser caluroso. El calor había ido tomando incremento día tras día, y ahora, poco después de la salida del sol, elevábase del suelo del desierto un cálido vaho. Pero ni el tiempo más bochornoso le asustaba ya a Adán; ahora el calor de una mañana como aquélla le resultaba agradable. Habíase detenido en un mismo lugar durante tanto tiempo, sin la acostumbrada acción de las caminatas, que ahora, al sentir el agradable cosquilleo del sudor en todo el cuerpo, experimentó cierto relajamiento de los músculos, una especie de aviso, digámoslo así, para que ordenara su gran acopio de fuerza y resistencia. Las grises laderas que se veían en lontananza no le asustaban. Su paso era el de un avezado montañés, y sus burros tenían que trotar para poder seguirle de cerca.