Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto —Con… con mucho gusto —balbuceó Adán.
Los labios bermejos de la joven frunciéronse en un rictus de despecho y, con una mirada maravillosa de fuego y pasión, se marchó.
Arellano llevó a Adán hacia la calle, sin soltarle.
—Muchacho —dijo hablando en inglés—, esa chica… no es de mi sangre. Es una gata montesa…, mucha sangre india… siempre hecha una pólvora.
Nunca como en aquellos últimos momentos se dio cuenta Adán de su excesiva juventud. La sola posibilidad de que él pudiera ir al baile con una mujer como Margarita le dejó sin aliento.
—Es usted muy alto, pero joven… como un potro —continuó el mejicano—. Es usted «tierno de pies[1]», como dicen los jugadores…, pero, seguramente, pronto los tendrá callosos en Picacho.
—Bien, amigo Arellano, deseo que eso suceda cuanto antes, porque buena falta me está haciendo —declaró Adán, hallando cierto alivio en su afirmación.