Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Subieron al terraplén donde estaba el tren minero, en el que había ya obreros en todos los vagones. Tras breve espera, que le pareció a Adán eterna, el tren se puso en marcha. El cañón por donde corría la vía era muy tortuoso. El joven vio bastantes túneles perforando la roca bermeja, y a lo largo de la roía, aquí y allá, agujeros en las paredes. Arellano le explico que se trataba de trabajos de los buscadores de oro. Al cabo de cinco millas, el tren se detuvo y los obreros empezaron a gritar alegremente.

El mejicano llevó a su joven amigo por un sendero largo, estrecho y muy pino, y los demás siguieron en fila india. Cuando llegaron otra vez a un lugar llano, Arellano gritó:

—¡Picacho!

Seguramente no se refería a la altiplanicie, con sus míseras chozas y cabañas y los bajos edificios de adobes, sino a la montaña que dominaba la llanura y que por sus altos picos, llevaba el nombre de Picacho.




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