Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Adán dirigió la mirada al Oeste, a la puesta del sol. La montaña, destacándose de un modo soberbio sobre las colinas y lomas que la circundaban, formaba una masa oscura enmarcada por la aureola de la luz solar. Desde la alta cumbre, de fragoso aspecto, salía un haz de áureos rayos a través de una quebrada en la cima. Con el sol oculto, excepto por aquella abertura, había, sin embargo, un maravilloso efecto de puesta de sol. Un vaho bermejo con matices azules llenaba los cañones y el espacio. El Picacho aparecía grandioso en aquel aspecto, elevándose hacia el cielo con un nimbo dorado, altísimo, inaccesible, enorme roca maciza tallada por los siglos.
Arellano se rió de Adán y continuó su camino, Los mejicanos, al, pasar junto a éste, hablaban en voz baja, y algunos de los blancos dirigíanle bromas al verle contemplar absorto el panorama. Un irlandés pequeño se le quedó mirando con la boca abierta y dijo después a su camarada:
—¡Caracoles! ¡Ése está viendo un mosquito en la cumbre del Picacho!… ¿Qué diablos le pasa, joven amigo? Venga con nosotros a echar un trago.
Pasó la multitud y se quedó solo Arellano, entreteniéndose en liar un cigarrillo.